Juventud, divino tesoro.
"I hurt myself today
To see if I still feel
I focus on the pain
The only thing that's real"
Johnny Cash canta con una crudeza conmovedora sobre el dolor como el único recordatorio de que aún existe algo real en medio del vacío. Es un lamento, una confesión de la fragilidad humana. Pero, ¿acaso la juventud, con toda su intensidad y vértigo, no se encuentra también en ese filo donde lo real y lo ilusorio se entremezclan?
La juventud es la etapa donde el mundo parece inagotable y el tiempo infinito. Es un torrente de emociones desbordadas, donde cada alegría es absoluta y cada dolor, insoportable. La intensidad es su lenguaje, la incertidumbre su brújula, y la nostalgia, el precio a pagar cuando se esfuma.
Vivimos en una era que glorifica la velocidad, la inmediatez, la eterna juventud como un estado idealizado. Se nos dice que debemos vivir rápido, acumular experiencias, consumir momentos y emociones como si fueran monedas de un videojuego, donde el "game over" no parece existir. Pero, ¿qué ocurre cuando el ruido cesa, cuando la euforia se apaga y lo único que queda es el eco del propio pensamiento?
La paradoja de la juventud
"The needle tears a hole
The old familiar sting
Try to kill it all away
But I remember everything"
La juventud, con su brillo y promesas, también es una trampa. Es un tiempo donde se cree saberlo todo, pero en realidad se está aprendiendo a golpe de prueba y error.
Cada generación mira a la anterior con desprecio, sintiendo que está destinada a romper esquemas, a construir algo nuevo. Pero en el fondo, todas atraviesan los mismos dilemas existenciales, las mismas búsquedas de identidad y pertenencia.
Nos dicen que la juventud es un tesoro, pero ¿qué tesoro es aquel que solo se valora cuando está a punto de perderse?
El gran engaño de la juventud es hacer creer que siempre habrá tiempo para todo. Pero cuando se cruza el umbral de la madurez, se comprende que el tiempo nunca se detuvo, solo que en la prisa por vivirlo, se dejó escapar.
¿Qué queda cuando el tiempo avanza?
"What have I become?
My sweetest friend
Everyone I know goes away
In the end"
Los relatos de El Gran Olvido no buscan simplemente idealizar el pasado ni alimentar la nostalgia. Son un llamado a la conciencia, una invitación a reflexionar sobre cómo vivimos nuestra juventud y qué hacemos con el tiempo que se nos concede.
¿Estamos realmente presentes en nuestras experiencias, o simplemente las consumimos sin procesarlas?
¿Nos estamos permitiendo la profundidad, o estamos atrapados en la superficialidad de la inmediatez?
¿Cuánto de lo que creemos ser es una construcción ajena, impuesta por la velocidad del mundo moderno?
Vivimos en una sociedad que nos empuja a olvidar rápidamente, a reemplazar recuerdos por nuevos estímulos, a correr sin cuestionarnos hacia qué meta. Pero tal vez el mayor acto de rebeldía sea detenerse, sentir, recordar y elegir qué queremos conservar.
El Gran Olvido es un espacio para rescatar la memoria antes de que se diluya, para debatir, para detenernos a mirar la vida con la profundidad que merece.
Porque, al final, lo único real es lo que decidimos recordar.