Cuando la ignorancia no es una imposición, sino una elección, la verdadera tragedia ya ha comenzado.
— Simone Weil, Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social (1934)

Sostener una posición firme e inflexible, aferrarse a una verdad absoluta e irrefutable, es el ingrediente básico para generar diferencias irreconciliables. Diferencias que, en su punto más extremo, se traducen en guerras entre naciones, conflictos civiles o en ambas simultáneamente.

Como indica la psiquiatra y psicoterapeuta española Anabel González en su libro No soy yo:

"La convicción es siempre patológica e indica una necesidad subyacente muy grande de aferrarse a una idea. Cuando alguien dice algo como si fuera inapelable, precisamente por ese motivo suele ser falso."

El nacionalismo geográfico y cultural es tierra fértil para la exclusión y la segregación. Podemos y debemos sostener ideas diferentes, pero la diferencia clave está en nuestra capacidad de apertura ante esas opiniones divergentes. Siempre pueden aportarnos una perspectiva nueva y desconocida.

Cuando una posición se defiende sin considerar otros puntos de vista, se convierte en una postura extrema. Y con el tiempo, pierde toda racionalidad y objetividad. A lo largo de la historia, han existido líderes carismáticos y grandes oradores, capaces de articular ideas con una lógica impecable, tan persuasiva que no dejaba espacio al cuestionamiento.

Pero, ¿de qué sirve tener razón si el mensaje se transmite de forma inadecuada? Al final, las formas sí importan. Y esto lo han sabido muy bien aquellos que han utilizado el miedo y la manipulación como armas de control.

La neurociencia nos ofrece una explicación: el pensamiento crítico se inhibe cuando la amígdala se activa ante una amenaza. Y si una idea provoca miedo o indignación, se vuelve más difícil de analizar con objetividad. Es interesante que, tras milenios de evolución, sigamos enfrentándonos a los mismos problemas de pensamiento rígido y posiciones irreconciliables.

¿Realmente hemos avanzado como sociedad?

Los filósofos de la Antigua Grecia ya reflexionaban sobre el ser humano como un ser político y social. Analizaron cómo ciertas estructuras democráticas podían contribuir a la libertad individual y al desarrollo de una comunidad más justa.

Pero, ¿hemos avanzado realmente? O simplemente nos han hecho creer que somos más civilizados porque vivimos en ciudades, tenemos trabajos que consumen nuestro tiempo, televisores enormes, deudas acumuladas, comida en exceso y acceso ilimitado a Internet.

El avance tecnológico nos ha dado acceso a más información que nunca, pero detengámonos un momento:

¿Acceso a qué?

  • ¿A ser más cultos?

  • ¿Más informados?

  • ¿Más civilizados?

  • ¿Más tolerantes?

  • ¿Menos corruptos?

Sabemos más que nunca sobre lo que ocurre en el mundo en tiempo real. Sabemos quiénes tienen alimento y quiénes no. Sabemos cuándo una catástrofe arrasa con todo. Sabemos cuándo un país entero sufre bajo un régimen opresivo. Sabemos demasiado, pero hacemos muy poco.

Esto nos lleva a una pregunta inquietante:

¿Qué habría sucedido si el Holocausto hubiera ocurrido en la era de las redes sociales?

Es imposible saberlo con certeza, pero podemos especular.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los soviéticos descubrieron Auschwitz y los aliados comenzaron a liberar prisioneros en otros campos de concentración, muchos alemanes se mostraron horrorizados. Parecían sorprendidos por lo que había estado ocurriendo a pocos kilómetros de sus hogares.

Pero, ¿realmente nadie sabía nada?

Se formaron guetos en sus propias ciudades, con condiciones infrahumanas a plena vista. Las deportaciones eran visibles, los trenes iban llenos, las calles estaban vacías. ¿Cómo no lo vieron?

Quizá sí lo vieron. Pero mirar no es lo mismo que actuar.

Lo mismo sucede hoy. Vivimos en la era del "voyeurismo digital": nos enteramos de todo, pero no nos sentimos responsables de nada. Somos espectadores pasivos, no creadores activos.

El problema de la sociedad del espectáculo

Nos han vendido la idea de que el acceso a la información nos hace más civilizados. Pero ese "acceso" solo ha sido aprovechado por unos pocos, mientras que la mayoría se sumerge en redes sociales, distraída, hipnotizada, arrojada a un pozo de ignorancia sin fondo.

Esta vez la ignorancia no es impuesta, es voluntaria.

Ya no es necesario prohibir el conocimiento, porque ahora somos nosotros mismos quienes lo rechazamos.

En la Antigua Roma, los emperadores entretenían a la población con pan y circo, con el desprecio absoluto por la vida humana en los coliseos. Hoy no hay coliseos, pero sí hay "trending topics", escándalos virales y distracciones diseñadas para que nadie se cuestione lo que realmente importa.

El porcentaje de analfabetismo funcional es aterrador. Hoy, encontrar a alguien que pueda sostener un argumento con lógica y coherencia es un bien escaso.

No hay nada nuevo en lo que ha pasado, en lo que pasa y, si extrapolamos, en lo que pasará. Pero para no repetir la historia, al menos debemos conocerla.

Para acercarnos a la realidad, necesitamos saber todas las aristas de la historia.

Y ahí está nuestro talón de Aquiles: la verdad nos llega fragmentada, manipulada, diseñada para conveniencia de algunos y en desmedro de otros.

Muchos de los prejuicios contra otras culturas nacieron de información calculada para justificar saqueos, masacres y violencia. No vivimos esos hechos en primera persona, pero escuchamos la versión que nos contaron una y otra vez hasta creerla incuestionable.

Crecemos temiendo al otro, a ese enemigo creado artificialmente, que casi siempre es retratado como inferior, bárbaro o peligroso.

El antídoto a esta ignorancia no es solo leer de manera crítica, sino también viajar, conocer otras culturas y entender que las diferencias no son más que eso: diferencias.

Parece que vivimos atrapados en un eterno retorno, repitiendo los mismos errores una y otra vez, como si estuviéramos en el Día de la Marmota o dentro del ciclo infinito que describió Nietzsche.

Vivir en el presente sin consciencia es perpetuar el pasado.

Y mientras sigamos sin cuestionar, sin aprender y sin actuar, la historia seguirá repitiéndose, como un disco rayado, sin posibilidad de cambio.

Anterior
Anterior

La Elegancia del Saber

Siguiente
Siguiente

Exactness is a fake