La ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia.
— Edgar Allan Poe

La dicotomía entre la ciencia y la espiritualidad

Alfred North Whitehead, matemático y filósofo inglés (1861-1947), en su discurso de despedida académica, concluyó que, tras una vida dedicada a la investigación matemática, la naturaleza en todas sus dimensiones no podía medirse con exactitud. Por lo tanto, la certeza absoluta era una falacia. Lo expresó con una frase contundente:

"Exactness is a Fake!" (La exactitud es una farsa.)

Curiosamente, mi abuela llegó a una conclusión similar, aunque desde la sabiduría de una vida larga y difícil. Ella solía decir:

"Lo perfecto es enemigo de lo bueno."

No parece un descubrimiento contemporáneo, sino más bien una verdad ancestral que ha sido olvidada y redescubierta una y otra vez, logrando transmitirse desde Hermes Trismegisto hasta los científicos modernos… e incluso hasta mi abuela y hasta mí.

Parece ser que la única "perfección" a la que podemos aspirar es la aceptación de uno mismo, con nuestras luces y sombras.
El Yin y Yang de la vida.

Volviendo atrás en el tiempo: los orígenes de esta sabiduría

En el Antiguo Egipto, alrededor del 2600 a.C., cuna de fraternidades místicas, sacerdotes, rituales y conocimiento ancestral, se dice que existió un hombre llamado Hermes Trismegisto (Tres veces grande), quien enseñaba la filosofía hermética.

Uno de los textos más influyentes atribuidos a esta tradición es El Kybalión, escrito por Tres Iniciados (sin identificar). En él se enuncian siete axiomas fundamentales de la Naturaleza, de los cuales destaco uno en particular:

Principio de Polaridad:
"Todo es doble, todo tiene dos polos; todo tiene su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son medias verdades, todas las paradojas pueden reconciliarse."

Esta enseñanza ya exponía la dualidad de la Naturaleza hace más de 4000 años, pero no fue hasta el Renacimiento, con Galileo Galilei (1564-1642), que el método científico comenzó a establecerse como el principal sistema de investigación.

Sin embargo, hasta bien entrado el siglo XIX, un ciudadano culto inglés aún creía en la magia y la alquimia. Un claro ejemplo fue Isaac Newton (1643-1727).

En 1936, una subasta sacó a la luz manuscritos inéditos de Newton, conservados en una caja metálica. Entre los compradores estaba John Maynard Keynes (1883-1946), quien adquirió documentos que revelaban la inclinación de Newton por la alquimia y la magia. En ellos, estudiaba textos y enseñanzas atribuidas a Hermes Trismegisto.

La convergencia inevitable: ciencia y espiritualidad

No es de extrañar que grandes pensadores, filósofos y científicos hayan llegado a la misma conclusión: la ciencia y la espiritualidad parecen converger en un mismo punto.

La ciencia moderna, tal como la conocemos bajo el método científico, tiene apenas 400 años. Sin embargo, a lo largo de este tiempo, ha confirmado muchas de las afirmaciones hechas hace milenios por los antiguos.

Uno de los descubrimientos más reveladores en este sentido es el Principio de Incertidumbre de Heisenberg (1927).

Este principio afirma que es imposible conocer simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula de luz.
Si conoces una variable con certeza, la otra se vuelve indeterminada.

Esto ocurre porque una partícula puede comportarse tanto como corpúsculo como onda, dependiendo de lo que mida el observador.

En otras palabras, la ciencia moderna reconfirmó un axioma que los antiguos ya conocían hace 7000 años, o incluso más.

"Lo que vive según la razón, vive en contra del espíritu."
Paracelso, padre de la toxicología

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