El lapso de vida del hombre en su carrera hacia la muerte llevaría a todo lo humano a la ruina y destrucción si no fuera por la facultad de interrumpirlo y comenzar algo nuevo, […] recordatorio siempre presente de que los hombres, aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar
— H.Arendt, La condición humana, p.265
...porque la vida ha comenzado ya mucho antes que uno
— Ernst Bloch, El principio esperanza

Parece ser que todo lo que nos sucede en la infancia determina nuestro futuro y, en gran medida, así es. Es en ese momento donde se moldea el personaje que representaremos con tanto ahínco hasta nuestra vida adulta. Sin embargo, llega un punto en el que esa carga, cuando es innecesaria, se vuelve demasiado pesada para seguir el viaje, especialmente si está llena de negatividad.

Ser un adulto responsable no significa únicamente ser independiente económicamente, pagar facturas e impuestos o llevar una vida laboral y social impecable. Ser un verdadero adulto responsable es mirar a los ojos al niño que fuiste y comprender que lo que sucedió no fue tu culpa. Es hora de vivir el presente, apagar el ruido del pasado y escuchar lo que la vida tiene para decirte hoy.

Lo que fuiste no es más importante que lo que puedes llegar a ser. Ilumina tu camino, vacía la mochila, despoja todo aquello que ya no te sirve y camina con paso firme, cargando solo lo que realmente te impulsa hacia adelante. Porque el lastre del pasado, cuando se aferra con demasiada fuerza al presente, no solo te daña a ti, sino también a todo lo que te rodea.

Nadie elige la infancia que le toca vivir ni las circunstancias en las que crece. Si fueron positivas, nos envolverán con una mezcla de nostalgia y alegría. Si no lo fueron, es probable que intentemos olvidar, dejando la emoción sin un hecho concreto al que aferrarse, huérfana, buscando dónde cobrar vida y sentido. Así nos veremos atrapados en la misma dinámica una y otra vez, creyendo que la vida nos castiga con los mismos patrones. Estas emociones se aferran con fuerza a momentos presentes que recuerdan la situación de origen. Se intensifican, se alimentan y vuelven a repetirse.

No puedes convertirte en quién eres hoy hasta que sueltes quién fuiste. Si tu verdadera intención es emerger y redefinirte, avanzar en tu proceso evolutivo, necesitas dejar espacio para lo nuevo. La vida sigue con o sin ti. Todo se mueve, nada permanece igual, y mantenerte atrapado en el recuerdo doloroso, el olvido o la evasión no es natural. Lo natural es el cambio, la transformación, la evolución.

Mira ese lado infantil que siempre vivirá en ti y aliméntalo, cuídalo, abrázalo. Lo que pasó, pasó, y no fue tu responsabilidad. Ahora, tú eres dueño de tus acciones, de tus reacciones, de tu vida entera. No cedas tu existencia al dolor. Ofrécesela, con determinación, a la vida que quieres construir. No sigas sosteniendo aquello que ya no encaja en quien eres hoy.

El dolor es un maestro poderoso que nos obliga a escucharnos, pero como todo maestro, llega el momento de despedirlo una vez que hemos aprendido la lección. Quédate con el aprendizaje, no con la herida.

Céntrate en ti. Deja que se disuelva lo que ya no encaja en tu nueva realidad. Si necesitas nacer de nuevo, hazlo. Haz todo lo necesario para vivir ligero, para experimentar la alegría, para maravillarte con la vida.

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