…pero para el niño la herida más grande es la experiencia con la madre. Vienes del cuerpo de una madre y te relacionas con la madre. La madre es el Universo para nosotros. Es el Universo que nos defrauda. Cuando el Padre aparece como una figura abusiva y amenazante, el Universo nos protege o NO nos protege
— When the body says no, The cost of Hidden Stress- Gabor Maté
Todos los traumas son preverbales
— El cuerpo lleva la cuenta-Bessel van der Kolk, M.D

Las definiciones se utilizan para simplificar el entendimiento, pero muchas veces resultan insuficientes para describir con precisión lo que realmente queremos expresar. El lenguaje es limitado en este aspecto.

Antes de aprender a hablar, nuestro hemisferio derecho es predominante. Esta parte del cerebro es holística, intuitiva y relacional, encargada de procesar la realidad a través de la percepción y las emociones. Es no verbal y permeable, y en esta etapa inicial, nos encontramos abiertos y vulnerables a todo lo que nos rodea. A medida que crecemos, el hemisferio izquierdo comienza a fortalecerse, sobre todo con el aprendizaje del lenguaje y los números. Es analítico, secuencial y lógico, alberga la memoria y la atención, y se convierte en el asiento de las construcciones sociales aprendidas. Es allí donde construimos nuestra identidad y nuestras creencias sobre nosotros mismos. Y digo creemos porque, en gran parte, esta percepción nace de lo que nuestros cuidadores principales dicen de nosotros.

Los recuerdos claros de nuestra infancia generalmente han sido traducidos en palabras. Nombrar un hecho ayuda automáticamente al niño a procesarlo y comprenderlo. El poder del discurso materno, de Laura Gutman, explica:

"Para la conciencia, es más importante lo que se nombra que lo que sucede. Aquello que sucede realmente podemos no recordarlo. Pero más llamativo aún nos resulta que algo que no sucedió, pero que, sin embargo, alguien sí se ocupó de nombrar, la conciencia puede organizarlo en un recuerdo fehaciente."

Este fenómeno es clave en la infancia, pero ¿qué sucede en etapas posteriores, cuando nos ocurre algo y nadie habla de ello? Básicamente, lo mismo. El recuerdo queda fragmentado, registrado en nuestra memoria como imágenes, sensaciones y emociones difusas. Es un recuerdo secreto, algo que sucedió pero nunca fue nombrado.

Esto podría explicar por qué muchas personas, al llegar a la adultez, son incapaces de identificar sus emociones y, mucho menos, expresarlas de manera saludable. Literalmente no tienen palabras para describir lo que sienten. Y aquí radica el problema: cuando una emoción nos resulta abrumadora y no sabemos cómo expresarla, la reprimimos.

Pero reprimir una emoción es como beber veneno en pequeñas dosis hasta que el cuerpo colapsa. Cuando finalmente la enfermedad se manifiesta, nuestro cuerpo ya ha somatizado estrés, angustia, tristeza, depresión, ansiedad o dolor emocional. Pasamos demasiado tiempo mirando hacia afuera, cuando debimos haber puesto el foco en nuestro interior.

No expresar una emoción negativa nos desconecta de nuestro yo verdadero y nos aísla. Un niño que crece junto a una madre infeliz aprende a reprimir su propio dolor para no sobrecargarla aún más.

Saber afrontar adecuadamente nuestras emociones es un factor determinante en nuestra salud física y mental. No gestionar el estrés emocional puede aumentar la probabilidad de desarrollar enfermedades. Esto se aprende—o no se aprende—en la infancia. Si no adquirimos estas herramientas de niños, como adultos debemos hacernos responsables de nuestro propio proceso emocional, especialmente si somos o seremos padres.

Aprender a decir "no", a considerar nuestras emociones y necesidades, y a anteponerlas sin culpa al bienestar ajeno es el mayor acto de amor propio. El autocuidado emocional no es egoísmo, es responsabilidad. Nos permite procesar nuestras emociones y convertirnos en adultos más preparados para ayudar y enseñar a otros.

No expresar nuestras emociones afecta químicamente y biológicamente nuestro cuerpo. El entorno emocional de un niño importa, y tomar consciencia de ello puede marcar la diferencia entre generaciones. Si comprendemos esto a tiempo, nuestros hijos perderán menos años tratando de reparar las piezas faltantes de su historia y sanando un dolor que, en muchas ocasiones, se vuelve insalvable.

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