Un mundo a medias
Tras innumerables olvidos significativos en torno a nuestra historia, podemos deducir que habitamos en un mundo de verdades a medias.
Verdades a conveniencia.
Verdades sombrías.
Verdades con sesgo.
Verdades políticamente correctas e incorrectas.
La verdad absoluta parece una ilusión inalcanzable.
Aspirar a descubrirla en un océano de vivencias e interpretaciones es una labor compleja y, probablemente, inviable.
Tal vez la única opción posible sea descubrir nuestra propia realidad.
Pero incluso esa verdad personal estará marcada por todo lo que hemos vivido, aprendido y olvidado.
Por todo lo que hemos dejado ir y por lo que hemos decidido conservar.
¿Cuál es la verdad que te define?
Las experiencias que guardamos como tesoros, al igual que los recuerdos que se desvanecen, se diluyen con el tiempo, como agua fluyendo hacia nuevos caminos.
La memoria es líquida, transitoria.
Todo lo relacionado con esa corriente de recuerdos surge y decae, como el ritmo vital, la constante danza entre nacimiento y deceso.
Nuestros recuerdos se plasman como huellas, invisibles al ojo pero perceptibles en las emociones.
Emergen a la superficie como sensaciones tenues.
Pero, ¿hasta qué punto lo que recordamos es real?