El aprendizaje sin pensamiento es labor perdida; el pensamiento sin aprendizaje es peligroso
— Confucio, Analectas (551-479 a.C.)

Memorizar en lugar de reflexionar y comprender lo aprendido podría ser el mayor malentendido educacional de nuestro tiempo. Este enfoque erróneo afecta directamente el desarrollo del aprendizaje aplicado y el pensamiento crítico.

Estamos inmersos en un modelo educativo sesgado, cuyo principal objetivo parece ser llenarnos de información indigerible, sin dejar espacio para el análisis ni la aplicación práctica del conocimiento, que son la verdadera esencia del aprendizaje. El cuestionamiento y la formulación de preguntas son condiciones sine qua non para la construcción del pensamiento crítico.

Reconocer que no sabemos no es un acto de ignorancia, sino el primer paso hacia el conocimiento. Aceptarlo nos abre la puerta al aprendizaje y a la superación de nuestras propias limitaciones.

El impacto de la educación deficiente en la sociedad

El poco esfuerzo en mejorar nuestro modelo educativo, tanto a corto como a largo plazo, nos expone a una sociedad cada vez más vulnerable a políticas ineficientes y a una democracia meramente aparente.

Si la educación cívica no es una prioridad, la toma de decisiones quedará en manos de ciudadanos desinformados e indiferentes, incapaces de ejercer su derecho al voto con criterio. Descuidamos la educación de nuestros jóvenes y los dejamos expuestos a un flujo interminable de información basura, sin herramientas para discernir entre lo valioso y lo irrelevante.

Es un error olvidar que la unidad esencial de una sociedad es el individuo. Formar y educar a ese individuo es responsabilidad de todos. En la era de la desinformación, procesar y digerir el conocimiento correctamente es uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.

El papel de la educación en la infancia: aprender a pensar antes que a memorizar

Parece imposible combatir el crecimiento exponencial de la desinformación, propagada cada día por innumerables medios que carecen del menor interés en educar a la población. Sin embargo, sí podemos hacer algo con nuestros niños.

La enseñanza del pensamiento crítico debe empezar en la familia, antes incluso que la escritura. Durante los primeros años de vida, la estructura cerebral de un niño tiene una capacidad de aprendizaje extraordinaria.

Antes de los 3 o 4 años, predomina el hemisferio derecho, encargado del aprendizaje holístico, conductual e intuitivo. Con la incorporación del lenguaje, se activa el hemisferio izquierdo, responsable del análisis, la lógica y el pensamiento secuencial. Es en este punto donde el individuo comienza a separarse del todo y a formar su identidad.

Aquí es donde el modelo educativo cobra una importancia crucial. Lo que enseñamos en las escuelas no solo debe formar individuos con conocimientos técnicos, sino ciudadanos capaces de participar activamente en el desarrollo de una nación.

El sistema educativo debe evolucionar junto con la sociedad, fomentando instituciones inclusivas, con acceso a oportunidades reales, servicios públicos eficientes, seguridad, innovación tecnológica y, sobre todo, una educación que movilice a la población hacia el desarrollo y el progreso.

Esa es la verdadera democracia: no simplemente votar, sino hacerlo con conocimiento.

El futuro depende de la educación

Abandonar la formación de los jóvenes es un suicidio social. Serán ellos quienes, en un futuro del que también formaremos parte, definirán la estructura social, política y económica.

Ellos serán nuestros líderes, y de nosotros depende si nos enorgulleceremos de ellos o nos avergonzaremos de lo que hemos dejado de hacer por su educación.

 

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