Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.
— Jorge Luis Borges, Otras inquisiciones

Uno de los aspectos más sobresalientes de la memoria es el olvido. Se trata de una característica fundamental de nuestro cerebro, que le permite desechar información irrelevante y potenciar aquella que es útil. La función primordial del cerebro es la supervivencia, incluso por encima de la búsqueda de la verdad. Esta es una descripción neurocientífica actual sobre ciertos mecanismos—sanos y habituales—de nuestra memoria.

¿Pero cómo nos ayuda el olvido?

Aparentemente, olvidar ciertos momentos asociados a emociones intensas o traumáticas nos permite seguir adelante como si nada hubiera sucedido. Sin embargo, olvidar no significa borrar, por lo que el recuerdo sigue ahí, latente, esperando la oportunidad para emerger. A veces lo hace de manera borrosa y fragmentada, a través de imágenes, sensaciones, colores u olores, hasta que todas las piezas encajan y podemos reconstruir una versión más o menos clara de lo sucedido.

Este "olvido" podría ser lo que Carl Jung denominó "la sombra", un concepto fundamental en la psicología analítica. Jung afirmaba:

«No es posible despertar la conciencia sin dolor. La gente es capaz de hacer cualquier cosa, por absurda que parezca, para evitar enfrentarse a su propia alma. Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad; un procedimiento, no obstante, trabajoso y, por tanto, impopular.»

Estos recuerdos "olvidados" se transforman en una personalidad disidente, que alberga todas aquellas partes de nosotros que rechazamos—ya sea de manera consciente o inconsciente—en contraste con nuestra personalidad activa, que refleja las facetas que aceptamos. Sin embargo, esta sombra influye silenciosamente en nuestros comportamientos, decisiones e incluso en nuestros gustos y preferencias, tanto para bien como para mal.

En su libro "Un nuevo mundo, ahora", Eckhart Tolle introduce el concepto del cuerpo del dolor, una idea profundamente reveladora. Explica que el sufrimiento acumulado desde la infancia se convierte en un campo de energía negativa, almacenado tanto en la mente como en el cuerpo. Este cuerpo del dolor puede estar latente o activo, y cualquier evento puede detonarlo, especialmente aquellos que evocan heridas del pasado. A menudo, se activa en la interacción con los demás, ya que las relaciones humanas suelen ser el espejo en el que reflejamos nuestras heridas no resueltas.

Pero, si olvidar no es borrar, ¿qué sentido tiene el olvido?

"Conócete a ti mismo y conocerás el universo." Si elimináramos todas las partes "olvidadas", nos quedaríamos con una historia incompleta, con una identidad fragmentada. El verdadero propósito del olvido no es deshacerse del pasado, sino permitirnos procesarlo desde un lugar más seguro, física y emocionalmente. Solo cuando hacemos consciente nuestra sombra, podemos iluminarla y transformarla en aprendizaje.

Esta reflexión no solo aplica a nuestra historia personal, sino también a la historia colectiva. Todo está inexorablemente conectado.

El Gran Olvido y la memoria colectiva

Los aborígenes australianos utilizan la expresión "El Gran Olvido" (The Great Forgetting) para describir la pérdida de tradiciones y sabiduría ancestral de los pueblos indígenas, una consecuencia de las conquistas que han erosionado sus culturas. El Gran Olvido también alude a la infelicidad que surge cuando perdemos nuestra conexión con la naturalezay, en consecuencia, con nosotros mismos, relegando al olvido el conocimiento milenario de nuestros ancestros.

Nuestra memoria colectiva surge de estos procesos, que han ocurrido desde que la humanidad se organizó en tribus y comenzó a absorber otras culturas, ya fuera por supervivencia, alimento o, más adelante, por poder. Cada vez que la historia se reescribe, también lo hace nuestra identidad personal, nuestra sociedad y nuestra forma de percibir la realidad.

Así es como nos llenamos de sombras, tanto individuales como colectivas, y tarde o temprano nos enfrentamos a ellas. Nos encontramos atrapados en un presente en constante reescritura, donde los límites geográficos, morales, físicos y mentales se redibujan una y otra vez, borrando cualquier atisbo de verdad.

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